PRÓLOGO
El cielo estaba oscuro, aparentemente nublado, no había luna, o simplemente seria nueva, la noche era profunda y lúgubre, algo extraño pasaba. Una suave brisa rompía el silencio que parecía no querer abandonar ese pequeño pueblo de las afueras. Los escasos árboles que pretendían armonizar el paisaje estaban ya sin hojas, por lo cercana que estaba la época invernal.
Las calles eran simples. Las casas, la gran mayoría eran de dos pisos, con un color gris, aunque también había bloques de apartamentos, más adentrados al pueblo. Los edificios públicos estaban todos situados en el centro del pueblo; el ayuntamiento, en la plaza mayor, adornada con algún árbol y una fuente que no manaba agua hace mucho; la escuela estaba un poco más alejada, pues necesitaba un pequeño patio de recreo; y alrededor de la plaza, las únicas tiendas de todo el pueblo. Una cafetería, no muy grande, lo suficiente para unos cuantos clientes al día; un par de colmados, que venden desde comida hasta papelería; tiendas de ropa, todas autónomas, no grandes compañías; un bar, para el descanso de la gente, y tomarse una bebida charlando y relajándose en un ambiente en el que al conocerse todos, es familiar. Un poco más lejos de la plaza esta la biblioteca, no muy grande, pero con algunos libros muy interesantes para algunas personas, que llegaban a pasarse allí toda la tarde. Aparte de esas, las más importantes, en la calle principal, había algunas pequeñas tiendas secundarias que vendían cosas varias, el único lugar donde se concentraban un gran número de restaurantes de estilos variados.
Alrededor del pueblo había un espeso bosque, con muchos tipos de árboles, animales, y un gran lago con algunas piedras, lo que lo hacía peligroso para el baño en verano.
Saliendo del pueblo, por una carretera algo rudimentaria, había un desvío que llevaba a una calle privada. Era una urbanización algo exclusiva, los arboles aun conservaban las hojas, las calles eran vivas, con colores llamativos; verde, amarillo, rojo, azul claro… Las casas eran algo más grandes que las del resto del pueblo, aunque la principal diferencia era el estilo de cada una. Alejada de todas había una especialmente descomunal, con una verja y un jardín extremadamente grande; la valla no permitía ver más allá de una cierta parte, por lo que solo se podían ver algunos árboles, bancos y estatuas que decoraban el jardín.
Un monte asomaba por detrás de ese pueblo, dando una majestuosidad al paisaje digna de ver, tras él, un tímido rayo de sol ilumina la cima, produciendo que todo el pueblo se despierte con el sol traspasando sus ventanas.
Aún es pronto, allí amanece temprano, serían las cinco de la madrugada, la gente sigue durmiendo, no se oye ningún ruido, supuestamente, todo desierto.
A pesar de ello, un hombre pasea por las calles, preocupado por lo que le fuera a ocurrir, se agarra el collar que le cuelga del cuello, un colgante con un extraño símbolo, y algo escrito por detrás, en un idioma que desconoce, camina arrepintiéndose de aquel viaje, y de haber recogido ese collar. Tras él, un rastro negro le sigue.
-¡AAAAAAH!-
Un extraño alarido destruye el sepulcral silencio que inundaba las calles de ese pueblo, segundos después, algo, una extraña sombra oscura se abalanza sobre él.
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