Capítulo 1
Las casas se alumbran, se llenan de vida, una madre que se levanta a preparar el desayuno, un padre que se va a trabajar, y unos niños, poco impacientes por empezar un nuevo día en la escuela.
El olor a huevos, a tostadas y, en ocasiones, a gofres y tortitas, inundaba todas las calles y recovecos, dando un ambiente acogedor a todo el pueblo.
Es de día, los rayos del sol inciden sobre los árboles, las plantas y las ventanas de las hogareñas casas inundándolas de luz.
Las calles más limpias de lo que se puedan dejar, con las papeleras vacías, las paredes sin pintadas, aquel era un lugar especial, exclusivo. Para llegar a el había que cumplir una serie de condiciones: haber echo buenas acciones, ayudar al prójimo, ser buena persona en el fondo, aunque se hubieran cometido alguna que otra maldad, pero había una condición, una que sin ella, las otras carecían de sentido, y era estar muerto, pues aquel lugar, no era otro que el Cielo.
Era distinto a como querían hacer ver a los demás, era como la tierra, había día y noche, plantas, trabajos, escuela, era como una segunda vida, pero eterna. Cuando llegaban allí, primero les explicaban lo sucedido, aunque a muchos les costaba creerlo, les animaban, tras eso eran evaluados por un comité, que decidía si podía entrar o no. Si eran aceptados, un alma les llevaba a su nuevo hogar, donde se instalarían, y recibirían un trabajo según las habilidades y gustos; si no eran aceptados, irían al Infierno.
Cuando llegabas allí, llegabas tal y como habías muerto, con la misma estatura, peso y edad, y aunque había gente que estaba cómodas con su aspecto físico, otros no, por ello, podías cambiar ligeramente tu imagen y edad.
Las casas eran todas blancas, y con las decoraciones a gusto de cada dueño, también era falsa la denominación de eternidad, allí se podía morir del todo, para siempre, pero era algo complicado. Se vivía feliz, nadie se metía con nadie, ni sufría, no había heridas, ni hospitales, no había gente que provocara los accidentes, ni había virus. Todo era común, más o menos, había un trabajo del que nadie, de los que llegaban allí arriba, entendía de su existencia. Primero estaban los arcángeles, los encargados de proteger y vigilar la seguridad de las almas; y luego unas personas, no llevaban uniforme, iban como desearan, y podían trabajar en un edifico gris, el único que no era blanco, o en la calle. Unos se clocaban en el interior de los jardines de la casa del Señor, y los otros por fuera.
En una pequeña casa, con las blancas cortinas corridas, unos rayos atraviesan la ventana, dando directamente sobre el rostro de una mujer, ella, molesta, se gira y continúa durmiendo. Un alma se acerca, camina tranquila por la calle, observa como el resto de las almas se van despertando y se empieza a oír bullicio en las casas. El alma avanza, despreocupada, debe ir a trabajar pero su compañera siempre se duerme, aunque no lo entiende, él siempre intenta levantarla. Al final le toca ir hasta su casa a buscarla sabiendo que si no iba en persona, seguiría durmiendo.
Mientras camina, un niño se le acerca, es muy pequeño, este se agacha y lo mira con ternura, a pesar de llevar tantísimos años muerto, le duele el pensar en la muerte de otro ser humano, y más de uno tan pequeño. Se levanta y mira a su alrededor, no parece ver a ninguna mujer, por lo menos no a la primera, entonces ve una silueta, se acerca hasta la verja del terreno del Señor, le parece raro puesto que es guardia secreta suyo y sabe que no recibe visitas tan temprano.
La mujer de la casa se levanta soñolienta, coge sus pantuflas y se las pone torpemente mientras va a la cocina, bosteza y se sirve una taza de café, y lo mete en el microondas, abre la nevera hambrienta pero está prácticamente vacía y la cierra. Entonces se acuerda de que su amiga la había traído el día anterior unas galletas, abre el mueble y busca en su interior, el paquete está a la derecha lo coge y lo abre, eran unas galletas de chocolate, sus favoritas. Se sienta en la mesa y desayuna monótonamente mientras piensa en la regañina que le caerá al llegar al trabajo, no sabía porque pero siempre llegaba tarde. Cuando acaba lo deja en el fregadero y se va a la ducha, tarda unos minutos en ducharse, sale lentamente y va a su habitación de nuevo. Abre el armario y mira, en su interior siempre está la misma ropa, que la recuerda que hace mucho tiempo que no renueva su armario, cada vez que cambia de época, tiene que comprar ropa nueva, y hacia demasiado que no lo hacia. Se viste dispuesta a tener un día tranquilo en el trabajo y volver para acabar otro día de su eterna y monótona vida. Antes se va a al baño y se mira al espejo, no le gusta su cabello, su color es rubio pálido, por debajo del hombro, es sencillo, común. Se lo recoge en una coleta alta y se mira al espejo, un par de pelos caen sobre su cara, se la quita, mirándose al espejo, decide irse así, pero no la ha dado tiempo a lavarse el pelo, así que vuelve a hacérsela, al final lo consigue, aun habiéndosele escapado un par de pelos, coge las llaves, el bolso y su equipo y sale de casa.
Nada más salir de casa se encuentra a su compañero con un niño:
-Pandora, quédate con este niño, creo que una mujer está intentando entrar en Su casa.
Mira al niño, está asustado, pero no sabe qué hacer con él, intenta preguntar a su compañero pero solo le da tiempo a decir una palabra, pues se ha ido corriendo. Espera algún tiempo, con el niño y ella dados de la mano, en la puerta de su casa sin saber que hacer. Al final decide meterlo en su casa, le suelta, y el pequeño se sienta en el sofá. Anda en círculos por el salón, mirándole, era raro, tenia la piel muy blanca, y los ojos y el pelo oscuros, es más, en un momento, habría jurado verle los ojos negros por completo, pero al fijarse mejor, comprobó que se equivocaba. Siguió andando, odiaba estar sin hacer nada, así que, tras decirle al niño, en el ultimo segundo antes de cerrar la puerta, que se va, la cierra con llave y se va decidida a ayudar a su compañero.
Pero la escena que se encuentra no es muy agradable.
Su casa y la del Señor están bastante cercanas, por lo que tarda pocos minutos en alcanzar la verja, al encontrarla abierta, entra lentamente, vigilando cada zona. Detrás de unos arbustos, en una zona mas aislada, hay a una mujer tendida en el césped del jardín mientras se pregunta cómo ha podido entrar mira a su alrededor y descubre que a su lado hay un charco de una sustancia desconocida para ella, negra como el ébano y con una densidad extraña, viscosa.
Asustada mira a todos los lados pero no ve a su compañero por ninguna parte, grita su nombre varias veces. Johann era alguien muy importante para ella, fue la primera alma que conoció, y su primer amigo, es alguien que la apoya y la cuida, y el pensar en perderle se le hacia tan duro, que varias lagrimas resbalaron por su rostro. El viento la azotaba en la cara, golpeándola los mechones de pelo sueltos contra ella mientras una nube cubre todo el lugar, allí extrañamente hacia mal tiempo, así que se empieza a asustar, mucho.
Recorre los jardines, buscando un mínimo rastro suyo, y como de milagro, aparecen los arcángeles, ella suspira aliviada, si ellos están allí, nada malo la puede pasar; recordaba su muerte con amargura y sabía que allí en el Cielo también se podía morir y para siempre, no quería volver a pasar por eso, fue un golpe muy duro, aunque siempre lo es. Sabe que hace falta un juicio para eso, pero también sabe que no es la única forma, y eso es algo que no sabe mucha gente.
Los arcángeles empiezan a cerrar el terreno para que no se acerquen mirones, dado que la gente ya se empezaba a arremolinar, dos de ellos se le acercan.
-¿Podrías decirme lo que ha pasado?-le pregunta el primero
Ella estaba aturdida, no sabía realmente lo que había pasado y no había decidido lo que contar, entonces, sorprendiéndose por haber olvidado algo tan importante, se acordó del niño y de que estaba solo en su casa, antes de que cualquiera de los arcángeles se diera cuenta, sale corriendo hacia su casa.
Entra y mira a todos los lados, pero no encuentra al niño por ninguna parte, estaba mal, muy mal, ¿cómo había podido dejarlo solo? Era muy pequeño...Sin saber lo que le puede haber podido pasar, se sienta en suelo y empieza a llorar. Entonces alguien entra, era su compañero, no sabía cómo había llegado allí, pero estaba algo aliviada, no lo había hecho todo mal, él estaba bien. Tras él entran los arcángeles, y mientras ella les cuenta todo, lo de la mujer y el niño, Johann se le queda mirando, con una expresión que no puede entender. Cuando acaba los arcángeles se dirigen a su compañero y tras decirle algo demasiado bajo como para que ella lo oiga, lo que la hace preocuparse, se van con la mirada fija en ella. Su compañero se sienta a su lado y la mira.
-¿Qué?- pregunta ella- ¿Qué pasa?
-Pandora, allí no había nadie.
Eso la pilla desprevenida, le mira con el rostro desencajado.
-¿Qué? No. Estaba la mujer, yo la vi, estaba tirada en el suelo, e…esta…estaba muerta.- dijo ella, con la voz entrecortada.
-Allí no había nadie, ni ella ni el charco, además, Pandora, sabes lo difícil que es morir aquí, tiene que haber un juicio para que pueda pasar, no puedes morir sin que ese juicio lo apruebe, ¿cómo se ha podido morir entonces?- pregunta con un tono inquisidor, él pensaba que estaba mintiendo, realmente lo estaba pensando.
-No lo sé Johann, no lo sé, lo único que sé es que estaba allí, y el niño, tampoco estaba, a él lo viste, y ahora no está, ¿me puedes decir que eso tampoco te lo crees?- ella le miraba, no podía decir que se podía morir de otra forma allí, y eso daba un aspecto a su cara de culpabilidad que se podía malinterpretar.
-No diga que no me lo crea, es solo que… Puf, no sé, ¿y el niño? Estaba aquí antes, si lo cerraste todo con llave. ¿Cómo escapó? ¿Cómo?
-Johann, tú viste a esa mujer, ¿en eso tampoco me crees?- pregunta mirándole a los ojos, apunto de romper a llorar
-No Pandora, no vi a nadie, dije que creía que alguien había entrado, pero me recorrí los jardines, y allí no había nadie.
Se quedaron callados un buen rato, ella sabía que no le creía, le mira, se levanta y se va mientras él la sigue con la mirada. Sale a la calle, el viento ha parado, la gente se ha ido a continuar con sus quehaceres, estaba alterada y no sabía qué hacer, pensaba ir a ver a su amiga, pero con lo razonable que era, le diría lo mismo que Johann.
Estaba triste, ¿habían muerto esas dos personas por su cobardía o por su descuido?
Gracias a la simpatía que tenía con el Señor había conseguido una segunda casa en el bosque, amaba ese lugar, era el único edificio o casa distinta, que no era simplemente blanca, y donde se podía relajar y tranquilizar. Guardando con rapidez en su maleta un par de prendas de ropa, y en su mochila algo de comida, se pone en marcha para su destino.
Ya dentro decide encender la chimenea y se hacerse un chocolate en una taza. Mientras se hacia el chocolate, coge unas mantas y se sienta en el sofá, estaba cómoda, tranquila y sola, a gusto. Todo iba bien hasta que escuchó un ruido extraño que no conocía de nada. No sabía qué hacer, coge su arma especial para no hacer daño, si no dejar inconsciente al enemigo y sale al oscuro bosque, sin nadie que la cubra ni pueda acudir en su ayuda, sola al fin y al cabo.
El bosque era profundo, espeso y oscuro; había una multitud de árboles, que cubrían el camino impidiendo ver nada más allá. Pandora se adentra en él, aferrando su arma como si de un escudo se tratara.
No se oía nada, y estaba llegando a la posibilidad de que hubiera sido todo imaginación suya; se relaja y empieza a pasear, algo que hacía con su padre cuando estaba viva, observa de cerca los árboles, y distingue algunos, las pequeñas flores, todas juntas, en grupo, y llega a un descampado, estaba todo lleno de flores, y aspira y espira, se sienta en el suelo y no puede contener una carcajada, como había podido pensar que podía pasar algo malo allí, donde solo pueden entrar los de verdadero buen corazón, sonríe aliviada. Vuelve a la casa y entre toda la angustia del día cae dormida, derrumbada por el cansancio y las grandes emociones de ese día.
Es de noche, y un hombre extrañamente vestido mira por la ventana, con una sonrisa maléfica, entra en la casa, y no puede evitar sentir la tentación de llevarse a aquella mujer consigo; pero después de lo ocurrido esa tarde, no quiere más problemas. Se queda varios minutos observándola, cuando repentinamente recuerda que tiene trabajo en la tierra, debe llevarse abajo a un antiguo compañero de hazañas, aunque antes quiere visitar la tierra para otra cosa, tiene un último antojo que le pilla de paso…
. . .
Una sombra se aleja del pueblo, entrando en un barrio, se para frente una casa, algo apartada de las del resto del barrio, sonríe malévolamente, sabiendo lo que le espera a esa familia.La casa más apartada tenía unas preciosas vallas blancas, un jardín cuidado, parretes de flores de variados colores, una hamaca situada entre dos grandes árboles, y sobre uno, un intento de casa de árbol, que se queda en un par de tablones colocados sobre las ramas. La casa, un poco más viva, blanca, muy decorada, con enredaderas cubriendo una de las fachadas.
La puerta es de madera, poco cuidada, con un color blanco tirando a beis, quizá por la suciedad acumulada, debían haberla pintado hace bastante tiempo. Tras ella, un descansillo con grandes ventanales al exterior, un mueble bajo lleno de zapatos, y un par de sillas. La puerta principal es blindada, pero cubierta de madera blanca, tras ella, la casa.
Si alguien hubiera pasado por allí en ese preciso instante, habría salido corriendo, al ver que ese ser se introducía en la casa de esa forma tan extraña. Quería ver ese lugar por ultima vez, donde vivió su primera y ultima etapa de vida, donde nació, y donde fue a morir.
El interior está claramente decorado por una mujer, papel de pared en el recibidor, con un motivo de flores rosas, un espejo, blanco, y un armario a su lado, seguramente para abrigos y bolsos. El descansillo lleva a una sala abierta, bastante desnuda teniendo en cuenta que no tiene nada excepto, al final, al lado de una gran escalera, una puerta que seguramente lleve al sótano. El suelo de esa sala es de baldosas, blancas y de un tono marfil, dando un estilo elegante a aquella zona. A la izquierda se encontraba, tras una puerta de madera blanca y con ventanas transparentes en la parte superior, la cocina. La encimera de granito, con colores desde el negro, pasando por el gris hasta el blanco. Una gran nevera de color plata, con dos puertas, en la que lucía una luz, para indicar que la temperatura en el interior de ella era la adecuada. Un lavavajillas, y sobre una parte de la encimera, una cafetera y un microondas. Tenía estanterías en la parte superior, en las que se guardaban los utensilios de cocina; la tostadora, moldes, tuppers, cazos, cazuelas, cacerolas, sartenes…Bajo las encimeras hay cajones, en los que se guardan los platos; llanos, hondos, pequeños, grandes… Bajo uno hay unos cajones, situados uno sobre otro, en los que están los cubiertos, manteles y paños. En otro, los alimentos que no se necesitan conservar en la nevera. En el centro, estaba la mesa con las sillas para el desayuno, y en frente, un mueble en el que se encontraba una pequeña televisión. Era una cocina bastante ordenada.
Desde la misma sala, a la derecha, se encontraba el salón y el comedor, en la parte de delante, el salón, con un mueble, para colocar todas las cosas necesarias, como el reproductor de DVD o los videojuegos, y sobre él, una televisión con un tamaño superior al normal. Los sofás colocados alrededor de la televisión, eran negros, sobre una alfombra negra y blanca, a rayas irregulares. En la parte de detrás estaba el comedor, con una gran mesa blanca y diez sillas rodeándola.
Al lado derecho de las escaleras, hay un pequeño pasillo, que lleva a una estancia más juvenil, el salón de los hijos, al que se accedía mediante una perta, y al lado, un espacio vacío, con un baño, y potra puerta hacia el exterior, que llevaba a un jardín, con una zona de reunión, una mesa, un par de sillas, unas hamacas y en un lado la barbacoa. Todo eso sobre unas baldosas, y enfrente, un césped, verde y muy cuidado, con una piscina monumental, y dos duchas en un lado.
En el piso superior, había un pasillo, visto horizontalmente desde la escalera, pues para acceder a él no hace falta puerta alguna, hay cuatro puertas, dos blancas, una rosa palo y una completamente negra. La puerta grande al final del pasillo es la que tiene acceso a la habitación principal, donde duermen los padres de la familia que habita aquella casa. Un hombre de mediana edad, con pelo en el que ya parecen las primeras canas, y una mujer, rubia, que a pesar de tener ya sus arrugas, seguía teniendo una cara joven. Con una gran cama de matrimonio, un armario empotrado, un mueble, con cajones para la ropa, y sobre el un televisor, con la pantalla llena de polvo, y una puerta hacia una terraza, con una pequeña mesa blanca redonda y dos sillas.
La otra puerta blanca accede a la habitación de invitados, con dos camas individuales y un armario a un lado.
La puerta rosa llevaba a la habitación de la hija de aquella casa, la pared era de un rosa claro, una lámpara pequeña de estilo araña transparente era la encargada de iluminar la habitación, una puerta llevaba a un vestidor plagado de ropa, en la habitación había una moqueta rosa que la cubría por completo, un par de pequeños sofás, rosas, y entre ambos una mesa blanca. Al lado de la ventana había un escritorio con una silla y en un lado de la pared, una cama con un precioso dosel que la cubría, una chica, de unos quince o dieciséis años dormía en ella.
La puerta negra llevaba a la habitación del hijo, completamente en contra del estilo suave y dulce que predominaba en la casa, la cama, con unas sábanas negras, un armario, que tenía toda ropa oscura y vaqueros, el escritorio, cubierto de una capa de ropa sucia, hojas arrugadas y platos, muy similar al estado del suelo. En una zona, con un escalón, había un par de sofás, negros, y una guitarra, quizá la única parte del habitación que estaba recogida, las ventanas bajadas daban, si aún fuera posible, un toque más oscuro del que había.
Recorre esa casa, con un recuerdo de su vida allí, hacia tanto tiempo. Al salir, se da la vuelta, para contemplar una última vez aquella casa donde tanto sufrió, y no puede evitar sonreír sabiendo que no será el único.
A las siete, un despertador suena retumbando toda la casa, en la habitación principal, la madre se despierta, y aun adormilada, lo apaga con un rápido movimiento para no despertar a su familia. Se ducha velozmente, se viste y baja a preparar el desayuno. Media hora más tarde, el desayuno está colocado sobre la mesa, tres vasos con zumo de naranja, un café, un par de tostadas, un bol de cereales y un cuenco con frutas.
Tras eso, se decide a ir a levantar a sus hijos, pues sabe que su marido ya está en la ducha, listo para desayunar e irse a trabajar. Despertar a su hija es sencillo, con un tono suave la llama y ella abre los ojos y con una sonrisa le dice a su madre que no se preocupe, que ella se levanta. Al entrar en la habitación de su hijo tropieza y el golpe provoca que su hijo se levante sobresaltado. Ella se levanta torpemente, y acercándose a la cama de su hijo, que se había vuelto a tumbar, provocando otro tropiezo, le dice a su hijo que se prepare.
A las ocho, estaba el padre casi acabando de desayunar, la joven, empezando pero ya lista, y la madre impaciente, por la tardanza de su hijo, sube de nuevo. Llamando a la puerta, y sin ninguna sorpresa por la inexistencia de respuesta, entre en ella, comprobando que su hijo está durmiendo.
-¡KLAUS ABELARD LIBERMAN! ¿ME PUEDES DECIR QUE HACES DURMIENDO CUANDO HACE SIGLOS QUE TE HE DICHO QUE TE LEVANTES?- el grito inunda toda la casa, haciendo que el hijo se levante de inmediato y se introduzca en la ducha.
A las ocho y veinte, está el joven desayunando lo poco que le daba tiempo, mientras su hermana le mete prisa. Salen rápidamente de la casa, para llegar a tiempo las clases, que comenzaban a las ocho y media.
La chica, entra precipitadamente, y se sorprende al comprobar que el profesor no se encontraba en la clase, siendo ya menos veinticinco. Otra chica se la intenta acercar, pero al final desiste, y la llama:
-¡Astrid!- grita desde una parte de la clase, que tenía un griterío y descontrol anormal.
Ella se le acerca rápidamente tras dejar su mochila en el asiento.
-¿Dónde está Don Felipe?-pregunta ella intrigada al oído de su amiga para poder ser escuchada.
-¿Dónde has estado este puente? ¿No te has enterado? Don Felipe ha desaparecido, nadie sabe de él desde el viernes, poco después de que acabaran las clases.
-Hemos ido a una playa preciosa, pero no tenia cobertura, así que nada de internet, ni Whatsapp, ni Twitter, nada- respondió distraída pensando en lo que la acababa de decir su amiga.
La mira con algo de desconfianza, pero la cara de su amiga no tiene ni rastro de que aquella noticia fuera una broma. Estaba asustada, y ella sabía la gran amistad, algo extraño, que existía entre su amiga y aquel profesor.
La gente continua gritando y formando un alboroto que seguramente acabaría pronto, desde la ventana, se podía ver una figura que observaba la clase, en especial a la joven que acababa de llegar, con un especial interés.
Después de eso, llega la directora y les dice a todos que se sienten y estén callados. Momentos después aparece Don Ramón, para darles la clase restante. El resto del día siguió con normalidad. Y al llegar a su casa, fue directa a la habitación, encendió el ordenador y en Google, escribió "Desaparición Profesor del instituto IES Los bosques", mientras cargaba se acordó de cuando llego a aquel pueblo, y la dijeron el nombre del instituto, la extrañeza del nombre la sorprendió, pero le gustaba. Instantes después, en la pantalla apareció un artículo de un periódico:
"El pasado viernes, un profesor del centro IES "Los bosques" situado en Forestwood desapareció misteriosamente. Ese día, había anunciado a sus alumnos que el lunes y martes siguientes no habría clase por una fiesta de esa localidad. Poco tiempo después, su mujer llamó a la policía por una extraña nota recibida en un idioma aún sin identificar. Tras unas preguntas, sosteniéndola inicialmente como principal sospechosa por la rapidez con la que comunicó a la policía la desaparición de su marido, se comprobó que tenía una coartada estable. Desde entonces, se están realizando labores de búsqueda por los alrededores sin resultado alguno."
Astrid leyó el articulo varias veces para asimilar realmente lo que ponía. Tras leerlo una última vez, cerró la página, con un ritmo lento y bajo a la cocina para comer.
Al entrar ve a su madre, sorprendida por que su hija hubiera subido a su habitación en vez de ir directamente a comer, cuando iba a contarle el motivo por el cual no había ido directa y la noticia a su madre, llegó su padre, que se sentó con ambas para comer, no sin antes llamar a su hijo para que bajara a comer. Mientras comían, Astrid les contó lo sucedido con su profesor, que expresan su desacuerdo con que pudiera haberle ocurrido algo, sino que debe haber tenido un problema y no quiso preocupar a su mujer. Al acabar, ayuda a su madre a recoger la mesa pensando en lo que habían dicho sus padres, y en que no se habría ido sin avisar a su mujer y al director. Tras eso sube a su habitación a estudiar y hacer sus deberes sin poder quitar de su mente lo ocurrido.
Tras ese día, el resto del mes fue normal, expulsaron a Klaus dos días por pelearse con otro chico, su padre se enfadó mucho pero nada más. Y no hubo ninguna noticia de su profesor excepto el: "Sigue desaparecido".
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